Redes y experticia: una ruta para las mujeres

Por Mariana Gaba, Psicóloga especialista en Género y Organizaciones, Coordinadora Área Consultoría ComunidadMujer.

Recuerdo haber captado, ya desde muy pequeña, que algo era distinto en mi manera de circular por el mundo por el sólo hecho de ser mujer. Estas primeras experiencias se manifestaban en un malestar difuso, una inquietud corporal, una sensación de que algo no estaba bien. Pero una no sabe cómo articularlo, cómo explicitarlo: queda ahí, en la punta de la lengua, sin ser dicho.

Recuerdo a mis 5 ó 6 años haber insistido hasta el cansancio cuando mis abuelos querían dejarme asignada a tareas en la cocina mientras mi hermano, 3 años mayor, y mi abuelo iban al patio a pintar las rejas. Hice tanto escándalo que finalmente accedieron. Eso sí, nunca reconocí que diez minutos después me aburría profundamente. Pero ése no era el punto, si no poder experimentar y decidir por mi cuenta.

Pero en mi caso definitivamente el paso por la universidad fue un punto de quiebre. Estudiante de Psicología en la Universidad de Buenos Aires, allá por 1996, recuerdo estar sentada en teóricos masivos de 150 ó 200 asistentes —con un alumnado compuesto en un 90% por mujeres—  y escuchar por parte de los/as docentes ideas como que el «Superyo femenino es más débil que el masculino» o que «la transexualidad es una perversión». Recuerdo mirar a mi alrededor, observar a tantas alumnas mujeres escuchando esto, tomando notas disciplinadamente en nuestros cuadernos y rindiendo exámenes para aprobar repitiendo estas ideas. Lo que marcó un antes y un después para mí fue mi paso por la materia (electiva) de Introducción a los Estudios de Género en esta Facultad. Allí pude poner en palabras años de malestares difusos: fue mi primer contacto con una red de expertas en género.

Entonces comenzó un camino de devenires diversos y de construcción de la expertise en torno al campo de las diferencias desigualadas de género. Viví un recorrido académico, de docencia y de investigación en el campo de la subjetividad, género y salud, en esa casa de estudios que me cobijó desde el 2000 hasta el 2013, cuando migré a Chile. Pero muy pronto mi interés por el mundo organizacional fue germinando, pues veía allí una potencialidad enorme. La formación de base en Psicología tiende a ser desde la intervención clínica y por lo general en el dispositivo individual. La psicologia organizacional y con enfoque de género, en cambio, permitiría trabajar por lo menos en dos ejes. Por un lado, con las personas que circulan por las organizaciones de trabajo, que son numerosas y pasan allí muchas horas de su día. Y por el otro, y ésta es la dimensión que me resulta más interesante, por el hecho de que las organizaciones están generizadas, como lo plantea la socióloga norteamericana Joan Acker. Su estructura, sus procesos, sus rituales, están generizados —y de un modo opresivo, podríamos agregar. Hay allí un campo de transformación muy fértil y muy potente. Dado que las organizaciones tienen un rol reproductor y/o transformador de las relaciones sociales, pueden ser buenas aliadas en facilitar procesos de desarrollo humano, entendido como la ampliación de las opciones que las personas tenemos. Se trata de trabajar en la expansión de nuestras libertades y autonomía y en el bienestar como objetivos principales. Es con estos objetivos que actualmente trabajo como coordinadora del área de consultorías de ComunidadMujer, para así modificar prácticas y creencias que nos encasillan a hombres y mujeres en los espacios organizacionales.

Los Estudios de Género, como rama académica del feminismo, tienen sus avances y retrocesos y, en la ruta de superar los binarismos de género hombre/mujer y la matriz heteronormativa (partir del presupuesto de la heterosexualidad como obligatoria), se abren los caminos para pensar las Teorías Queer y el cruce con el campo de las diversidades sexuales. En mi búsqueda por profundizar mi expertise en este campo, elegí no repetir la estrategia academicista nuevamente, si no explorar otros caminos de construcción de experiencia, como lo son el activismo. Así movilizada es que ingresé como voluntaria en la Fundación Iguales (por cierto en la comisión de Educación y Ciencias ¡tampoco fue tan fácil evitar lo académico!). Ésta ha sido una experiencia maravillosa, llena de aprendizajes y de intenso trabajo desde el feminismo también, implementando espacios de formación interna para voluntarios/as sobre el feminismo y la diversidad sexual, reflexionando en las diversidades entre mujeres y cómo el feminismo debe darle respuestas a todas. Por otro lado, a nivel organizacional, Iguales no escapa a la poca participación femenina que encontramos en nuestro entorno en general, contando con sólo un 25% de mujeres voluntarias. En este sentido, que su presidente Luis Larraín sea un Embajador HayMujeres y tenga un fuerte compromiso por no más paneles de hombres, es muy significativo.

Si tuviera que poner en la balanza el camino recorrido e identificar los hitos más significativos, sin dudas diría que los principales potenciadores de mi establecimiento como experta en estos temas tuvieron que ver con las instancias de participación en redes y en comunidad. No se es experta en la soledad o en el aislamiento, se es experta en comunidad. La expertise requiere que los saberes y la praxis sean puestos en acción y circulen para y con otros/as. Que circulen para que otros/as nos validen y nos critiquen. Es sabido y así lo demuestran las estadísticas: que las mujeres estudiamos más y tenemos mayores tasas de titulación promedio que los hombres. Es por ello que el desafío para nosotras no pasa tanto por allí, si no por incorporar el trabajo en redes y marcar nuestra presencia, visibilizarnos y mostrar que hay mujeres.

Twitter: @marianagaba

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