¿Por qué grita esa mujer?

Por Oscar Contardo.

Columna publicada en Blog Voces de La Tercera el 22/05/2016

 

En el hall de entrada del edificio había una mujer con dos niños de edades similares. Esperaban a alguien. Los niños -una chica y un chico- descubrieron que podían jugar a subir y bajar la escalera, corriendo y saltando. La mujer -su abuela o tal vez su niñera- seguramente quiso evitar un accidente y le habló a la niña con ternura, no como quien advierte o amenaza, sino del mismo modo en que se confía un secreto: “Las princesas no saltan, las princesas se quedan abajo”, le dijo. Tal vez yo hubiera hecho lo mismo, inventarles una norma de fantasía, con tal de librarme del alboroto de dos niños corriendo sin control por la escalera de un edificio. El gesto me llamó la atención por un detalle: al chico no le sugirió nada. Para el varón no había una norma secreta que compartir para que se calmara; a él sólo le repetía que tuviera cuidado, que se agarrara del larguero o que saltara los peldaños seguidos, sin correr peligro. Ambos tenían edades similares, ambos parecían sanos, pero algo los hacía distintos. Las princesas se quedan quietas, repitió la mujer, y la niña obedeció y permaneció en silencio mirando cómo el varón se divertía.

Las niñas son así, se visten de rosado, juegan con muñecas, leen cuentos de príncipes que las hacen felices y de malvadas rivales -siempre mujeres- que buscan apartarlas de ellos o usurparles la belleza, aquello -tal vez lo único- que las hace ser especiales. Las chicas son dóciles, huelen a frutilla, nunca transpiran y hablan cosas de chicas. ¿Conoces alguna niña que sepa de fútbol o de algún asunto así de importante? Las niñas coleccionan peluches y ensayan coreografías en ese universo menor reservado para ellas, una cosmogonía decorada con muñecas que simulan ser guaguas a las que cuidar o supermodelos para imitar. Jugar a ser adulta significa jugar a ser madre, a ser flaca, rubia y perpetuamente joven. La piel tersa, el pelo brillante, los pechos hinchados y los labios dispuestos.

“Hágale caso a su hermano, atienda a su padre, mantenga contento a su marido, no vaya a ser cosa que mire para el lado y usted termine sola”, es lo que se dice para aconsejar.

“Pareces una niñita, no seas mujercita”, es lo que se dice para ofender.

Las niñas no son inteligentes, ni menos aún brillantes: son aplicadas y habilosas y, en el mejor de los casos, hasta piadosas. Las mujeres como superheroínas suelen ser sólo la costilla de un superhéroe -la hermana, la novia, una versión femenina del original masculino- y como villanas, el subproducto de una relación fallida que las frustra y envilece. La religión dominante les procura un lugar discreto, inmaculado y silente. Elijan: o el placer o el respeto. Las dos cosas no son posibles a la vez, por eso es que hay que esconder a la Gabriela Mistral más erotizada y sólo sacar de paseo a la mujer de las rondas. Una mujer admirable no desea, sólo sufre y ofrenda su tormento por el bien de otros. En la misma lógica, una mujer golpeada por su marido puede que no sea una víctima de la violencia de un hombre, sino de los celos que ella provoca mostrándose como no debiera hacerlo.

En el epígrafe del libro Chicas muertas, de la escritora Selva Almada, hay unos versos de la poeta transandina Susana Thénon. Los versos recrean un diálogo. Alguien advierte que hay una mujer gritando: “Esa mujer, ¿por qué grita?”. Se pregunta una voz. Como respuesta sólo logra evasivas. El libro de Almada -¿literatura femenina, una versión grácil de la real y masculina?- es el relato de la muerte de tres adolescentes que debían haberse estado quietas, que debieron obedecer a un hombre o varios, pero no lo hicieron y fueron asesinadas. Tres mujeres que como Nabila Rifo -la mujer salvajemente golpeada y mutilada por su expareja en Coyhaique- crecieron en un mundo en donde las princesas han escuchado una y otra vez las instrucciones que les indican el lugar al que pertenecen. Un lugar en donde sus gritos serán acallados por la fuerza de la costumbre; en donde la brutalidad puede ser un hábito que se enseña con la inadvertida impunidad con que se da un consejo tierno o se lee un cuento de hadas.