Política vintage

Por María de los Ángeles Fernández.

Politóloga y Fundadora de Hay Mujeres.

 

AL CUMPLIRSE el segundo año del gobierno, su agenda de cambios avanza pese a los escollos. Cuenta ya con reformas emblemáticas como la tributaria, la electoral y la educacional, con acento en la gratuidad y en la inclusión. La Nueva Mayoría se ha propuesto desterrar una desigualdad que afectaría las posibilidades de desarrollo bajo la premisa de que, no atenderla, podría llevarnos al populismo. The Economist, confiado en una supuesta inmunidad chilena, señaló que era más probable un nuevo advenimiento de la derecha. Claro que eran otros tiempos, sin casos Penta y SQM de por medio.

Mucho se ha acusado la desprolijidad de las reformas pero se ha debatido menos su enfoque. Quienes las catalogan de ideologismo trasnochado no proponen nada muy nuevo. Para economistas como Sebastián Edwards, las políticas de igualdad de género están lejos de ser modernas pero ¿no es que vendrían avaladas por los principales organismos internacionales, partiendo por el FMI y terminando por el PNUD y la CEPAL? Parece de justicia equilibrar las relaciones al interior de la empresa como también reducir el peso del gasto familiar en educación, el más alto dentro de la OCDE pero, ¿es posible superar segregación y asimetrías sin tener a la vista la Cuarta Revolución Industrial, portadora de una nueva conceptualización de lo que significa trabajar? Se anticipa un giro copernicano. Davos vislumbra la eliminación de siete millones de empleos hasta 2020 como producto de la disrupción tecnológica, una mayor especialización, el reciclaje permanente y la destrucción de profesiones. La educación deberá adecuarse para que los estudiantes sientan amor por la lectura, capacidad para pensar por sí mismos, gestionen su atención, aprendan a ser creativos y diseñen un proceso de aprendizaje que abarcará todo su ciclo vital. De los debates hasta ahora conocidos no se infiere que estos temas se aborden y menos la gestión de una inevitable transición.

El mindset reformista, salvo por políticas como las que promueve Corfo, es retrovisor e inspirado en el Estado de Bienestar del siglo XX europeo. Si no fuera por instancias como el Congreso del Futuro, costaría atisbar lo que viene. Las condiciones de contexto complotan contra cambios de filosofía y horizontes estratégicos. Asistimos a una coyuntura capturada por lo reactivo y por escándalos de diverso tipo, que coexiste con mandatos de cuatro años, marcados por las lógicas electorales. Por otra parte, la manera en que se produjo la última campaña presidencial y, a su interior, la elaboración programática, parece no haber sido propicia para debatir dilemas como los señalados. Su impronta fue más bien al encapsulamiento.

Aunque apelar a la importancia de las ideas en política resulta tan manoseado como agitar promesas de cambio, nunca han sido más requeridas. Con relación a los partidos políticos, es mejor controlar las expectativas. Los centros de pensamiento viven su propia encrucijada y las universidades intentan adaptarse a las nuevas exigencias. Acerca del proceso constituyente, particularmente idóneo para mirar hacia adelante e imaginar cómo nos gustaría vivir, sólo un 18% está informado según la encuesta Plaza Cadem.

Publicado en La Tercera el 10/03/2016.