Nunca es suficiente

Por Ángeles Fernández.

Aquel capital político fruto de pacientes militancias va perdiendo terreno frente a los réditos que brinda lo inesperado y accidental. De no mediar el desafío de terminar con las colas en salud y un paseo arriba de un tanque por un Santiago anegado, la historia hubiera sido otra para Michelle Bachelet, pero también para Chile. La sorpresiva renuncia de Jorge Pizarro a la presidencia de la DC permitió que ocupe su lugar Carolina Goic, la primera mujer que llegó al hemiciclo desde la región más austral del país. Es la segunda, luego de Soledad Alvear, en presidirla. Mientras no debutan las cuotas de género para conformar directivas partidarias, sólo hay 12,2% de mujeres en dichas instancias. El promedio regional es 20,4%.

Es sabido que no se puede avanzar en la vida política sin respaldos partidarios y padrinos de algún tipo. En el caso de las mujeres, dicho recurso no sólo no se duda sino que, incluso, la inmanente presencia masculina se da por obvia. Nada más asumir Goic, se crea un grupo conformado por los ex presidentes de la DC con la intención de apoyarla. Con las mejores intenciones, se termina entregando una equívoca señal de interdicción. La propia Bachelet, durante su primer mandato, debió convivir con el protagonismo que el debate público le asignaba a Camilo Escalona y Andrés Velasco. Abandonar la presidencia con 80% de aprobación le permitió recobrar su estatuto de autonomía. Cuando es elegida por segunda vez, ahora con más del 60% de los votos y mayoría parlamentaria, la figura masculina se mantiene. Pero no ya a sus espaldas sino a sus pies. Rodrigo Peñailillo se convierte en el ministro del Interior más joven y se invierten los términos: él le adeuda lo que ha llegado a ser. El “realismo sin renuncia” despierta la añoranza del hombre fuerte, aunque por duplicado: Burgos-Valdés. Sin embargo, el caso Caval trae consigo otro fantasma: la tardía reacción frente al escándalo de especulación inmobiliaria y posible tráfico de influencias en el que su hijo habría estado envuelto habría supeditado el amor filial a los deberes de Estado. La subestimación, entonces, es reemplazada por un juicio que es bien recogido en el dilema de las “dobles ataduras”: “maldita si haces, condenada si no lo haces”.

Se acaban de conocer dos estudios que muestran, de manera integral, las variadas brechas que enfrentan las mujeres y que interpelan los convencionalismos en materia de políticas públicas. Por un lado, el informe GET, de Comunidad Mujer, junto con el BID, documentadas a lo largo del ciclo de vida, y por otro, el del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales (Ceel-UC), que las conjuga en un solo indicador en conexión intertemporal. Mientras no se desafíe el estándar masculino del liderazgo revisando, tanto en la política como en la empresa, los criterios diferenciales de evaluación para hombres y mujeres (ellos por su potencial, nosotras por nuestra experiencia), no importa que algunas logren escalar el Everest. Siempre será insuficiente.Con ello se dilapidan capacidades y talentos, lo que no sólo pone en jaque nuestras posibilidades de desarrollo sino que refuerza el carácter excepcional del liderazgo femenino.

Fuente: blog Voces de La Tercera.