“No estás autorizada para dar opinión”

Por María de los Ángeles Fernández, fundadora de Hay Mujeres.

Cuando en 2013 nació Hay Mujeres, en un contexto donde la autoridad de la opinión, como muchas otras expresiones de autoridad en nuestras sociedades, seguía y sigue recalada en hombros masculinos, lo hizo bajo dos tipos de premisa.

Una, propositiva, planteándose desde su nacimiento como una afirmación, cuando lo más recurrente frente al reclamo por la ausencia de mujeres en diferentes espacios es señalar que no las hay. Si las mujeres han logrado romper las barreras de acceso en distintos ámbitos de la esfera pública como el mundo del trabajo y de la educación, esto no se traduce automáticamente es espacios como los medios, en los que nos miramos como espejos. Por tanto, parecía importante hacer un esfuerzo adicional por mostrarlas a los ojos de los medios ya que, aunque éstos juegan un rol fundamental como espacios de legitimación simbólica, no están logrando reflejar el avance del poder y la capacidad de las mujeres. De ellos se desprenden dos problemas: no sólo la baja visibilidad de las mujeres sino la mala representación que se hace de nosotras.

La segunda premisa se basaba en una interpretación. Se pensó, inicialmente, que el problema estaba del lado de la demanda. Eran los medios, pero también otras instituciones como universidades, organizaciones no gubernamentales, reparticiones estatales y asociaciones gremiales, las que ignoraban la capacidad de las mujeres y, en consecuencia, las excluían.

Se propuso, entonces, crear una plataforma virtual que buscase llamar la atención acerca de esta problemática, mostrando la capacidad y la experiencia de las mujeres en distintos ámbitos y, en consecuencia, la necesidad de expresar nuestra visión, nuestra voz y contar nuestras propias historias.

Su primera tarea fue conformar un repertorio de mujeres con experticia en distintos ámbitos del conocimiento, con criterios sencillos de búsqueda. Para Hay Mujeres, una experta es una mujer cuyo conocimiento calificado de temas específicos, pero también su trayectoria destacada o compromiso con una causa, la convierten en una líder de opinión o fuente de información privilegiada.

Al día de  hoy, nuestra base de datos está constituida por más de cuatrocientas mujeres. Cuando se me ocurrió la idea, no sabía que existía en otras partes del mundo. Gracias a las redes sociales, pude constatar que el problema estaba siendo enfrentado de igual forma a nivel global, existiendo sitios similares a Hay Mujeres en otras latitudes, incluso en países donde la igualdad de género ha llegado más lejos en otros ámbitos como la participación femenina en la política y en la economía. De hecho, como una forma de conocer experiencias internacionales de esta naturaleza,  fue invitada a Chile Shary Graydon, creadora de Informed Opinions, un símil nuestro, pero canadiense, gracias al apoyo de la Embajada de Canadá y en el contexto de la Primera Convención Hay Mujeres en marzo de 2016.

Sin embargo, el trabajo de Hay Mujeres ha permitido ir descubriendo que los desafíos no están situados sólo en el lado de la demanda sino también del lado de la oferta, es decir, de nosotras mismas, y contiene varios aspectos:

1. El primero, el de la propia subestimación. Es bien sabido que uno de los frenos del liderazgo femenino se relaciona con la autovaloración. En el ámbito de la construcción de la opinión ello se traduce en que las mujeres, incluso aquella que llega a tener un doctorado en física cuántica, no terminan por considerarse a sí mismas como expertas.

2. El segundo, el de la evaluación diferencial. Cuando las mujeres deciden dar el paso y ser activas en la construcción de su propia visibilidad a través de su opinión, son juzgadas por motivos adicionales y diferenciales a los de los hombres. Ello introduce una modalidad de costos de los que los hombres son eximidos. El primero, el juicio por el aspecto físico, con una correspondencia en la proyección estética, resulta la mayoría de las veces inescapable. Ello paraliza a muchas mujeres, pero en ningún caso a los hombres. La insufrible dicción de Cristián Bofill mientras fue panelista de Tolerancia Cero no lo intimidó. ¿Alguien juzga al diputado Jackson por su calvicie prematura, al diputado Boric por su incipiente gordura, al sociólogo Villegas por su melena descuidada o al ministro Eyzaguirre por el uso de unos ternos que piden a gritos ser planchados?

3. Las consecuencias laborales que acarrea la exposición de una posición, sobre todo si ésta excede los límites estrictamente técnicos para llegar a emitir juicios políticos —en un país donde la construcción de la identidad política se ha ido configurando en forma crecientemente confrontacional— supone un freno para algunas mujeres. Varias perciben que si vierten opiniones que contienen evaluaciones sobre la autoridad, la forma en que se implementan las políticas públicas o la manera en cómo construimos nuestra sociedad, éstas tendrán consecuencias en la forma en que podría evaluarse su desempeño laboral. Si ello tiene relación con la libertad de expresión, saquen Uds. sus propias conclusiones. Un ejemplo de ello es el comentario que, en días pasados, me compartió una mujer que llegó a tener un alto cargo  en uno de los gobiernos de la Concertación. Dijo, sencillamente, que no podía opinar porque tenía que trabajar. Hay otras dos interpretaciones posibles: una, que la condición de opinante en los medios exige un esfuerzo adicional de actualización permanente que no puede compatibilizar con su trabajo habitual y, otra, que emitir una opinión no tiene la trascendencia que se le asigna al trabajo.

4. Otro fenómeno observado es que mujeres que cruzan la frontera de lo provocador, en un contexto donde una irreverencia que linda con la estupidez es ampliamente celebrada, ven multiplicadas sus posibilidades. No es, en ningún caso, algo privativo de las mujeres, aunque por nuestra escasa visibilidad, puede ayudar a impulsarla más fácilmente que si se sigue el camino de la opinión rigurosa y circunspecta.

En una reciente entrevista en el suplemento Tendencias La Tercera, la cantante Ana Tijoux afirma “me interesa tener opinión, y entiendo que eso tiene un costo“. Que tales consecuencias alcancen a los hombres, está por verse. Un caso paradigmático es el del ex ministro José Miguel Insulza, agente chileno ante La Haya por la demanda marítima boliviana, cuyo delicado cargo no evita que hable de política con un objetivo no disimulado de auto posicionamiento presidencial. El propio canciller Muñoz ha salido a reafirmarlo al señalar que “el contrato de honorarios firmado por el agente Insulza no coarta sus libertades de expresión y derechos de reunión, no contienen prohibición alguna para el ejercicio de su cargo y no se encuentra afecto a una jornada de trabajo institucional”. Añadió que, dentro de sus cualidades, se destacaron que “se trata de un personaje con opinión y análisis sobre el desarrollo de los acontecimientos nacionales e internacionales”. Cuesta creer que una valoración semejante se hubiera hecho en caso de que fuera una mujer.

Teniendo a la vista este dilema y las restricciones que las mujeres perciben, es de valorar que uno de los pocos espacios desde el que las mujeres pueden opinar con libertad es el académico, lo que debe ser celebrado y estimulado.

Un elemento adicional a considerar en este cuadro de elementos disuasivos con los que las mujeres deben lidiar es el aumento de la misoginia y del sexismo en línea si es que queremos que internet sea un espacio que no reproduzca la exclusión del mundo real. En países como el Reino Unido hay un fuerte debate sobre este fenómeno, donde una de sus dimensiones se refiere a lo que sufren personas que han adquirido un lugar prominente en el espacio público. Dicha realidad escasamente regulada no incentiva particularmente a nadie y menos a las mujeres, lo que refuerza convicciones acendradas acerca de los costos de la visibilidad.

wo_2Para no dar la razón a la frase que titula esta columna, extraída de la canción “Corazones rojos” de Los Prisioneros, las mujeres deben entender que la visibilidad que entrega el conocimiento expresado a través de la opinión no es automática para ellas y que deben hacer conciencia sobre ella y trabajarla, con particular orientación hacia los medios de comunicación. Ello, no sólo por su rol social sino por la amplificación que ellos posibilitan, abriendo puertas para posicionarse en otros espacios.

Cuando era directora de ONU Mujer, la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, señaló: “En muchos lugares las mujeres son invisibles; pueden ser una luminarias, pero no las conocen”. Efectivamente, sin la presencia y la voz de las mujeres, las sociedades pierden ostensiblemente. La falta de diversidad y de representación equitativa de género en los medios impacta negativamente en la conformación del debate público, empobreciendo y limitando el diagnóstico de los dilemas que como sociedad enfrentamos, pero, sobre todo, las propuestas necesarias para enfrentarlos. ¿No será también algo de esto lo que está pasando a Chile?

 

María de los Ángeles Fernández Ramil
Analista política  y fundadora de Hay Mujeres
angelesfernandez.cl