Migración y género, ¿en qué se parecen?

Por Ramiro Mendoza.

Columna publicada en El Mercurio 10/12/2016

Después de los sucesos de estas agitadas semanas políticas que se han centrado entre las encuestas , el esperado despegue que no llega para algunos, las investigaciones criminales de la política, los fideicomisos necesarios para la participación en aquella y la transparencia de las actividades anteriores y la especulación sobre la salud de algunos de los candidatos, la porfiada realidad de la sociedad vuelve a instalar temas que nos preocupan, pero que poco ocupan. Algunos de estos seguramente ocuparán la tinta de los comentarios habituales, otros que son realidades, siguen con un silencio activo. Me refiero a la migración y a los problemas de género.

Sobre migración, qué duda cabe, hoy todo comentarista deberá desplegar su punto de vista. Se trata de un problema viejo, que hoy tiene cara de nuevo. Nos debió preocupar hace mucho, pues la forma de producirse -cercano al tráfico de personas- ocupó hace algunos años (2011) las páginas de la prensa, cuando un conocido empresario fue descubierto con un verdadero tráfico de paraguayos para el desarrollo de labores agrícolas. La verdad es que, como es habitual, el tratamiento público y político, siempre viene detrás de los porfiados hechos que no logran verse en su dimensión real. Hace años que la Plaza de Armas se denomina la “Lima chica” y hoy ponemos cara de sorpresa al ver las cifras en cantidad de migrantes, gasto público asociado a las prestaciones sociales y de salud que ellos irrogan, el aporte que han hecho a nuestra cerrada sociedad, nuestra incipiente xenofobia nortina -especialmente-, entre tantos exotismos, etc. Pero se trata, a estas alturas, de una situación antigua, que en realidad da cuenta de un problema que no es la inmigración, sino que es la incapacidad de orientar el marco de incorporación de estos nuevos ciudadanos, a través de políticas públicas que se hagan cargo de las distintas dimensiones que ello implica.

Los diagnósticos asociados a este cambio de paradigma (del Chile cerrado al Chile abierto), sin embargo, han sido analizados en múltiples trabajos académicos y han orientado el marco de existencia e interés de muchas organizaciones de la sociedad civil, que debiesen ser la referencia necesaria en cualquier discusión legislativa que se pretenda acometer. Así, puede verse el interesante trabajo de Verónica Cano y Magdalena Soffia (“Estudios sobre integración internacional en Chile: Apuntes y comentarios para una agenda de investigación actualizada”, 2009), que como verdadero recopilatorio nos da cuenta de cientos de trabajos relativos al fenómeno de la migración en Chile y, de paso, pone en evidencia que los verdaderos detectores de esta situación han sido la academia y las ONG (Codepu, Fundación Instituto de la Mujer, el Relab, el CIDE, el Instituto Católico Chileno de Migración, el Observatorio de Inmigraciones Internacionales, etc.).

Desde otra vereda, los temas de género siguen expandiéndose silenciosamente -pero muy masivamente-. El silencio, para estos efectos, está definido como la indolente transmisión de los medios de comunicación de la preocupación que expresan cientos de personas, en activas sesiones, que son invisibles para quienes no pertenecen a cualquiera de las redes creadas por la sociedad civil. Sin embargo, a veces hay rastros de existencia de mejora de esta enfermedad de los medios. De hecho, en este diario, el 2 de diciembre pasado, se daba cuenta de la brecha de género que importa la participación de la mujer en la ciencia dura, dado a conocer en el Seminario Equidad de Género y STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics), organizado por Conycit, donde se presentó también otro estudio de la ONG Comunidad Mujer y que contó con la participación de la ministra de la Mujer. Esta misma autoridad participó, hace unos días, en el lanzamiento de otro estudio: “Sesgos inconscientes que afectan la incorporación de la mujer en directorios y alta gerencia”, de otra ONG, Fundación Prohumana, que contiene las horrorosas cifras del cuadro chileno en la materia de su análisis (un botón de muestra: de las empresas del IPSA, todos los gerentes generales son hombres, en otro lenguaje, no hay ninguna mujer gerenta general de estas empresas), y ni hablar de las brechas remuneratorias. Viendo este estudio, uno entiende por qué algunos abogan por las leyes de cuota, pero quienes lo hacen debiesen verlo con rigor, porque antes de la ley, estamos frente a una seria cuestión cultural, tal como es el problema de la migración que, al final, en eso se parecen ambos temas.

En la línea de base, queremos buscar la ley que nos mejore, nos solucione mágicamente lo que vemos y no nos gusta, y no queremos enfrentar que estamos en una dinámica cultural que nos impide tratar con respeto las diferencias (o de origen o de sexo), hacer cesar las discriminaciones, promover la confianza en la dignidad y en la capacidad del otro, y buscar el modo de hacer un mejor gasto público que aliente la mejora coordinada de todos quienes deben participar en la solución. No es el Estado el único llamado a este rol, lo somos todos, y en esto, la sociedad civil y sus organizaciones (Haymujeres, Masmujeres, Fundación Iguales, entre tantas otras) llevan por lejos la delantera en visualizar, investigar y proponer las mejores salidas, teniendo a la vista las prácticas locales e internacionales sobre la materia. Ellas deberían ser las primeras convocadas por quienes tienen la responsabilidad pública de intervenir y decidir activamente en estas materias.