Perderlo, perderlas, es perderse.

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Por Marco Antonio de la Parra

El siglo pasado, por algo el siglo XX (equis equis), fue el siglo donde se produjeron las mayores atrocidades en la historia mundial como también la de los grandes hallazgos científicos y desarrollos tecnológicos. La incertidumbre y la relatividad de Heisenberg y Einstein, las dudas sobre el lenguaje de Wittgenstein, la desconfianza en la conciencia de Freud y Lacan parecieron provocar una reacción fanática y fundamentalista en dictaduras y guerras feroces. El siglo que se abrió con vanguardias en todas las artes atravesó campos de exterminio y zonas minadas. Bajo esta cubierta de tensión y locura se produjo la única revolución plausible y completa, la liberación de la mujer.

Desde las sufragistas inglesas hasta la entrada en las fábricas de la mujer con los hombres heridos en el frente, desde su liberación sexual previa ya a la aparición de la píldora, la mujer vivió en Occidente un momento de encuentro consigo misma y una confrontación con el mundo del patriarcado para aparecer con propiedad como una figura imprescindible finales del siglo.

Parte fundamental de la revolución de los gustos, del diseño y del consumo entendido como relación con la revolución industrial, la mujer entró a perseguir sus derechos de igualdad como si se hubiese tratado de una minoría.

Las últimas décadas del siglo confirmaron su presencia en el paisaje cultural sin poder prescindir de su opinión en un mundo regido por reglas masculinas.

A fines del siglo XIX, cuando se discutió en Chile la educación femenina, algún conservador extremo llegó a anunciar que tal camino solo llevaría a la prostitución al género femenino.

El temor a la sexualidad de la mujer aún ancla en ciertas culturas que envisten en trapos y velos el atractivo femenino. Más en lo profundo, más en lo primitivo, aún existe la iniciación con la ablación del clítoris, ese apéndice cuya única función es el placer y que no tiene correlato en el cuerpo masculino.

El siglo XX arrasó con estas miradas en Occidente. Las sufragistas se lanzaron al paso de los caballos de carrera en Ascot mientras sus vestidos se acortaban y su ropa se alivianaba, necesitadas de no estar amañadas para enfrentar el mundo del trabajo.

Dice la leyenda que entre los 9 mil y 6 mil años antes de Cristo el mundo conoció la paz. Se han encontrado restos de una civilización en los alrededores del Mar Negro y lo que es hoy centro Europa, donde hay representaciones rupestres de todos los animales menos del caballo, donde no hay obeliscos ni tótems, sino figuras pequeñas, con grandes pechos y una representación excesiva dela vulva, claramente pequeñas figuras invocadoras de la fertilidad, enterradas bajo las casas. Dice la leyenda que estos tres mil años se vieron interrumpidos por la llegada de los hombres a caballo con armas de metal.

¿Estamos en un retorno a tiempos de paz?

Las guerras siguen apareciendo en los telediarios, me pregunto si marcadas por sociedades donde la mujer sigue postergada.

Los mundos masculinos son guerreros y son peligrosos.

Son excepcionales las amazonas y excepcionales las mujeres en el terrorismo y la delincuencia, aunque se dice que en tal caso son más feroces que los hombres.

Lo cierto es que el siglo pasado, XX, terminó con el derrumbe de casi todas las utopías, lo que no significa, lamentablemente, el derrumbe de todas las dictaduras.

El triunfo de la mujer en el siglo XX en visibilidad y confrontación de derechos de género, no ha terminado. A pesar que el siglo XXI creo que será el siglo del niño y de las cualidades especiales (el solo cambio de nombre es un anuncio), el siglo de las nuevas familias y de la tecnología de la memoria y la comunicación, aún hay tareas por hacer.

Ponernos junto a ellas es tomar el camino de la paz y la justicia, es estar cerca de la mayor cantidad de decisiones de consumo y elecciones de vida de nuestro tiempo. Es una llamada de atención a los círculos que todavía funcionan infantilmente en el temor a la mujer con injusticia y falta de consideración, perdiendo la riqueza de opiniones que han venido a cambiar el mundo, a mejorarlo, a profundizar los cambios, a avanzar en pos de un mundo de paz.

Las sociedades más evolucionadas se reconocen por el rol de la mujer.

Es un rol activo, participante, visible y justamente remunerado.

Las mujeres, más que Marx, en su ingreso al mundo laboral, han demostrado la explotación del hombre por el hombre.

Piden otras jornadas, piden otras medidas, piden igualdad, piden respeto.

Son el camino a seguir. En su luz está el faro del progreso.

Perderlo, perderlas, es perderse.